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Ahne Tzerek

Dios de la Naturaleza. Prisionero en el valle de Zeryén

Ahne-Tzerek
es el nombre que recibe el dios de la naturaleza en las regiones al sur de Kirim, especialmente en las zonas circundantes a la extinta ciudad de Zeryén y la exuberante selva de Bulzahir.

El epicentro de poder de Ahne-Tzerek pareciera estar dentro de la jungla que está en un valle rodeado de montañas y las ruinas de la ciudad de Zeryén.

Como potestad divina es el patrono regente de todo lo que está vivo, aunque sus acciones y obras demuestran predilección por la vegetación más que por los animales o los hombres. Según las leyendas es el responsable del surgimiento de la selva de Bulzahir. Ésta nació abruptamente en las calles de ciudad llamada Zeryén cuando su población comenzó a incurrir en las artes mágicas. Al parecer, el resultado éxitoso de las mismas hizo que hubiera una paulatina pérdida de fe en el dios regente de aquellas zonas.

La deidad ofendida hizo que la espesa jungla que circundaba la periferia de la ciudad irrumpiera abruptamente en las callecitas empedradas de la urbe. De la noche a la mañana Zeryén desapareció bajo la frondosidad natural de la exuberante vegetación. Sus habitantes perecieron en un éxtasis floral, la mayoría fueron convertidos en plantas y árboles. Sólo unos pocos escaparon a semejante apocalipsis y decidieron fundar más hacia el norte, con una cadena montañosa de por medio, a Kirim.

El dios trata de preservar el equilibrio y el orden de las cosas. Cuando hace el caos sólo es para restablecer los excesos y arrebatos de los hombres. Los pecados del pueblo de Zeryén llevaron a las acciones del Ahne-Tzerek. Cuando todo terminó el saldo fue una ciudad menos y una gran cantidad de seres que regresaron al seno de la tierra. Todas las almas de los difuntos contaminadas por la magia podían envenenar la pureza de la tierra que había creado recientemente.

De este modo, en vez de sepultarlos en tierra fértil y virgen, decidió envolverlos en unos firmes capullos de corteza dura que vistos desde fuera hacen recordar a una petrificación vegetal. En su interior, los cuerpos de los encerrados ya no viven pero sus almas siguen encerradas allí hasta el fin de los tiempos o hasta que el dios decida que ya es suficiente castigo y los haga regresar a su seno.

Los aventureros Bëren, Dakk Thorn y Kaldar ingresaron a los dominios de Ahne-Tzerek por pedido de Shykaba para rescatar el cuerpo de un sacerdote Zeryenita llamado Verkat. Esto provocó la ira del dios que los atacó con todo lo que tenía a su disposición: Troncos, raíces, grietas en el suelo e incluso la manipulación de los cuerpos retenidos en capullos como marionetas vegetales. La fuga de esa jungla se convirtió en una proeza épica que le costó la vida al mago Kiriano que sacrificó toda su poder para irradiar fuego por las raíces de la vegetación que los atacaba. El resulatdo fue devastador incluso para el dios: como si inyectaran lava ardiente por las venas de su cuerpo mítico.

La naturaleza divina de Ahne-Tzerek lo salvo de una muerte segura pero no de los inconmensurable y poco conocido dolor. Pero el mortal causante de semejante cimbronazo cósmico falleció en el acto. Sorpresivo sería que, mucho después, se supiera que ese mago aún sigue en el mundo de los vivos caminando como un muerto. (Véase La maldición de Bëren)

Con los intrusos fuera de sus dominios, restauró el daño provocado por sus acciones y se llamó a silencio por largo tiempo aunque su presencia es inamanente en todos los fenómenos de la naturaleza.