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Origen y el cataclismoEditar

Los Kashemitas fueron grandes pensadores, excelentes comerciantes y buenos marineros. Su cultura, originaria de las islas de Kashem en medio del mar Jaumar, combinaba la tradición intelectual cultivada por los Oráculos de Kashem (que a su vez traducían las influencias cósmicas de un dios Innominado y Eterno) y el constante intercambio comercial con pueblos aledaños.

La isla de Kashem, no demasiado grande pero sí lo suficiente como para albergar cerca de un millar de personas, supo mostrar todo el esplendor de sus torres colgantes bajo la cascada de Yun. Con un efectivo sistema de defensa, jamás pudieron ser vencidos en un ataque a sus costas por numerosos piratas e incluso algunos imperios con fervor expansionista.

La debacle de la isla fue provocada por una seguidilla de sismos que fracturaron la superficie la ciudad de Kashem en tres grandes sectores, una grieta inmensa se encargó de hundir buena parte de la capital. Los pocos supervivientes de aquel cataclismo debieron marchar hacia las costas más cercanas y esperar encontrar cierta hospitalidad de sus habitantes. El responsable de aquel desastre fue un demonio gigante llamado Pyromandrax y sus vástagos.

A diferencia de otros pueblos más primitivos que hubieran endilgado el desastre natural a alguna deidad maligna o al menos caótica, los Kashemitas supieron que aquél golpe a su sociedad se debía a la primera de las numerosas pruebas que el Destino les tenía preparado antes de alcanzar un nuevo grado existencial más allá de este plano.

Las predicciones de La torre del oráculo Kashemita, en la capital llamada Salomnia había sido muy clara al respecto: “La caída es el primer paso del renacimiento. La dispersión será lo segundo. La llegada del hombre que sea todos los demás marcará el inicio de una nueva era, pero para ello habrá que buscarlo: sus marcas le delatarán aunque no haya nacido en estas tierras”.

Éxodo, discriminación y supervivenciaEditar

Luego del éxodo forzoso los Kashemitas fueron mal recibidos en todos los lugares a donde llegaron, en parte por una leyenda negra que se extendió al ritmo de su propia dispersión: los Kashemitas eran portadores de mala suerte.

Frente a esta mancha impuesta por la perfidia y los rumores mal fundados se sumaron algunas coincidencias desafortunadas que acrecentaron su mala reputación (desastres naturales, caídas de imperios, etc.). Los Kashemitas perdieron toda chance de supervivencia cuando algunos reyezuelos los tomaron como chivos expiatorios de malas gestiones y los condenaron a los más atroces castigos.

En síntesis, el pueblo Kashemita fue perseguido, humillado y destrozado sistemáticamente. Su religión también fue vituperada e incluso se la tildó de herética y blasfema en muchas regiones. Los rasgos físicos típicos de los Kashemitas también desaparecerán permanentemente: su piel olivácea y cabellos ondulados y oscuros obtenidos en la isla originaria se sintetizará en el particular color de los ojos (manchas negras en torno al iris) y ciertas marcas en el pelo : estrías de color dorado en las sienes (por más que el resto del cabello sea de negro azabache).

Estas marcas sólo se preservaron en los vástagos de las castas que se mantuvieron relativamente puras (lo cual ha sido fácil puesto que con su reputación ni siquiera han ultrajado a sus mujeres por creerse una tentación a la mala suerte).

Con el paso de los siglos, en algunos lugares se les permitió mantener poblados pequeños donde practicar con la única actividad posible para un pueblo nómada y despreciado: el comercio (y la escritura y las matemáticas asociadas a él). Sus formas de comerciales seguían sobrepasando con creces el primitivo sistema de trueque y más de una vez eran solicitados por nobles y otros mercaderes con poca experiencia para que les dieran buenos consejos en sus inversiones y transacciones (por un buen precio).


Los indagadores de KashemEditar

Además de la práctica comercial, los Kashemitas intentaron recobrar sus tierras originales en la isla de Kashem pero la inestabilidad de los restos y el mar hicieron imposible tal reconquista.

Aún así, los Kashemitas no cejaron en sus intentos de reconstruir su cultura y crearon pequeños templos móviles (más parecidos a altares de veneración que a verdaderas construcciones de reunión) y prepararon una serie de “iniciados” para la búsqueda del Mesías y la conclusión de la profecía. De este modo nació la orden de los Indagadores de Kashem.

Su objetivo era claro y preciso:

  • recabar información acerca de la cultura Kashemita pre-apocalíptica,
  • perseguir todo rastro de un posible profeta y
  • examinar, reelaborar y ejecutar todas las teorías asociadas al oráculo de la torre de Kashem.

Los indagadores se movían libremente, nunca con más de tres o cuatro individuos por grupo y no respondían a un superior sino a la comunidad en la que nacieron. Un juramento solemne les obligaba reunirse cuatro veces al año para intercambiar información. Dicho lugar de reunión estába asociado a una larga cadena astrológica que dependía de su particular calendario basado en los cuatro elementos básicos combinados con los puntos cardinales y la estación del año (Puesto que cada estación se correspondía a un elemento: Verano=fuego; Otoño= Tierra; Invierno=Agua; Primavera=Aire).

Los Indagadores eran reconocidos por llevar tatuados en sus cuerpos los símbolos de dichos elementos. Algunos de ellos practicaban una magia muy primitiva e instintiva asociada a la manipulación de la materia (los elementos que constituyen la materia del Todo) y visten de un modo discreto, a normalmente cubrían su rostro con capuchas o disimulan sus rostros con velos para evitar mostrar sus ojos delatores. Muchas veces pasan meses aparentando ser otras personas, dedicándose a actividades comunes y prosaicas averiguando silenciosamente todo lo que puediera afectar el porvenir de su pueblo.

El niño de las profecíasEditar

Cuatro Indagadores Kashemitas dieron con la pista del Mesías: un niño, el hijo del Barón de los reinos de Solym. El joven en cuestión se llamaba Jafet y su padre Miliat. Jafet, de unos diez años, había sufrido una extraña metamorfosis en su cuerpo: le aparecieron raras manchas en sus extremidades, primero en los brazos y luego en las piernas, finalmente en el pecho. A pesar del aspecto siniestro de los lamparones oscuros el niño no mostraba signos de malestar ni dolor alguno. Los médicos cortesanos y luego algunos invitados de tierras vecinas determinaron que podría tratarse de alguna rara reacción de la piel contra algún elemento del entorno del chico.

Dado que la afección parecía más estética que mortal, el barón decidió realizar ciertos viajes en condición de embajador hacia tierras distantes y diferentes a las suyas, para ello se llevó una pequeña comitiva que incluía a su guardia personal y a su hijo. El cambio de aire no mejoró las manchas del pequeño. Pero al cabo de tres meses de viajes por remotos y muy diferentes lugares respecto a la calurosa Solym las manchas adquirieron nuevos matices totalmente diferentes: cada mancha se consumió hasta dejar unos pocos rastros que incluían raros caracteres jamás vistos por su padre u otro Solymano. El cambio de las manchas los alcanzó a mitad de viaje de regreso y el cambio no vino solo: el muchacho comenzó a tener fiebre y pesadillas recurrentes que incluían explosiones brillantes y devastación reducidas a “Nubes de energía” o “Nubes brillantes de humo y calor”.

Cada mancha aparecida en el cuerpo del niño era en realidad la formación de un símbolo que debía ser interpretado por los indagadores de Kashem como las pruebas del regreso del Mesías salvador y el fin del éxodo de todo el pueblo Kashemita.

Un grupo de aventureros pudo recoger en los restos del templo del oráculo en la isla de Kashem el siguiente fragmento de la profecía:


“La caída es el primer paso del renacimiento. La dispersión será lo segundo. La llegada del hombre que sea todos los demás marcará el inicio de una nueva era, pero para ello habrá que buscarlo: sus marcas le delatarán aunque no haya nacido en estas tierras. La conjunción de Asherté y Gamenothik marcará el momento de la resurrección. Haggh, Guhk y Shuy el lugar”.

En la cultura Kashemita, Asherté era la luna, Gamenothik el sol, Haggh, Guhk y Shuy las estrellas centrales de las constelaciones del águila, el buey y la serpiente. La conjunción de estos elementos astrales implicaron un eclipse de sol y la alineación de las tres constelaciones. Ese día coincidiría con la fiesta del Kashem-Therám (que representaba el aniversario del éxodo del pueblo). Dicha fecha era de carácter un poco variable porque el calendario Kashemita era lunar y por lo tanto no coincidía con la mayoría de los calendarios solares circundantes en los pueblos pueblos del mundo.

La desaparición y El fin de la civilización kashemitaEditar

Los indagadores de Kashem secuestraron al pequeño Jaffet y lo llevaron hacia un templo construido en el monte Horeb Jabal. Generación tras generación fue erigiendo en el interior de una península en el extremo noroeste del continente de Natzaj dicha construcción a la espera de la llegada del Mesías. En el interior de este lugar había un santuario preparado para todas las fases del ritual del nuevo génesis: dicha procesión incluyó las etapas de ayuno, purga de demonios e impurezas (Semillas del Mal o Kelipoth), el sacrificio y despojo de todo lo mundano y la ascensión final a los sefirot o planos superiores para llegar al Ein Zof o Infinito.

Los indagadores de Kashem celebraron el último ritual de su pueblo en la fecha de las profecías y luego se disolvieron en una tenue estela que fue absorbida por una marca en el pecho de Jaffet. Cuando todo terminó, el joven terminó convertido en el nuevo universo para todos los desterrados y perseguidos Kashemitas el mundo.

Según explicó el mismo niño cuando fue rescatado por hombres enviados por su padre: Los Kashemitas vivirán en él, en el mundo que él ha imaginado para ellos. Ya no tendrían nada que temer, el pueblo de Kashem había regresado finalmente a su casa. Las palabras del niño fueron corroboradas poco después: el pueblo de Kashem ya no existía en este mundo, sus poblados habían sido abandonados misteriosamente de la noche a la mañana, no había rastros de ninguno de ellos en ninguna parte.

En la actualidad sólo se preservan muy pocos restos materiales de su existencia. Su principal legado intelectual pervive entre los tratados comerciales de algunas pueblos e imperios y algunos diseños de embarcaciones de civilizaciones meridionales.

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